África occidental

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febrero 10, 2007 por Diego Gueler

Barrigón, vestido con una túnica blanca y una bolsa transparente que contenía un corán y una alfombra, el hombre, como quien va por su casa, se me adelantó en la cola de la casa de cambio, a la salida de las llegadas del aeropuerto internacional de Casablanca. Sacó un fajote de billetes en dólares que estaban ocultos en el mismo saco y de muy mala manera, compró dirhams, la moneda de uso corriente en Marruecos. Justo antes de mi vuelo, había aterrizado un avión procedente de los Emiratos Árabes Unidos. Se trataba, entonces, de un petromillonario. Un barbudo que vende el combustible negro por el cual se matan cientos de personas en el mundo cada día. “Casablanca, buenas putas. Casablanca, buen casino. Casablanca, buena fiesta”, me dice disimuladamente en un castellano dolarizado cuando le consulto, con buenos modos, qué vino hacer a esta ciudad.

Éste no es el único árabe con poder que viaja en busca un oasis sexual en medio del desierto coránico. Casablanca, además de estar localizada en la costa noroeste africana, enseña la faceta más occidental del continente, sobre todo en la región del Magreb. Se abre a ciertos valores que exporta el hombre blanco: negocios, libertinaje. Su occidentalismo ha madurado de tal forma, a diferencia de otras grandes ciudades que siguen la misma mímesis de Occidente, que los habitantes de Casablanca no observan a los extranjeros con extrañeza e inferioridad. También hay que tener el cuenta la cercanía con España. En medio día en coche, se llega al Estrecho de Gibraltar. A lo que hay que sumar las parabólicas -aún en los barrios más pobres, todos los hogares tienen una antena-, Internet (teclados cambiados y conexiones caprichosas) y todas las influencias de Europa y Estados Unidos que se manifiestan en la ropa, el hablar y hasta en la forma en que las chicas acosan con su mirada a los muchachos que le hacen cosquillas allí abajo.

El fútbol, por supuesto, marca la tendencia. En la Medina, el barrio más antiguo y olvidado, existe el bar del FC Barcelona, donde los fans se reunen a ver los partidos los fines de semana. Un poster de Lionel Messi es testigo de las narguilas y las tertulias futboleras. Por la calle del mercado de este barrio, una TV ilumina a unos diez muchachines que siguen un partido de equipo catalán. Están siguiendo la final de la última Champions League, jugada en mayo del año pasado. Sin embargo, estos chicos gritan al galope de Samuel Eto´o y Ronaldinho como si fuera en directo.

La eclosión de la cultura blanca, en formato redondo, ofrece momentos únicos. Sin tan siquiera hablar una lengua común, ni pensar lo mismo, ni vestir lo mismo o tener veinte años y un metro de diferencia, una pelotita de plástico es capaz de convertir a dos seres de carne y hueso que nacieron a un inmenso océano de diferencia en grandes amigos en cuestión de veinte minutos. Por suerte, además, Casablanca seguirá obsequiando persecusiones policiales en motocicleta a través de calles de metro y medio de anchura. ¿Los robos de cartera son también un invento occidental?

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