Turismo en masa

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febrero 22, 2007 por Diego Gueler

La explanada de la plaza de Bab Agnaou de Marrakech es un enorme prostíbulo a la orden del turista. Narradores de historias fantásticas (como se aprecia en la foto) y épicas de la historia del Sáhara (¿serán verdaderas?), magos de toda raza y procedencia, domadores de cobras del desierto, vendedores ambulantes, hombres disfrazados de vaya a saber uno de qué para recolectar monedillas (y así evitar el trabajo), pintores postizos, mendigos con I-POD y toda clase peseteros del Norte de África. Sólo falta la gran carpa. El circo está montado.

El problema no son los turistas. Tiene todo el derecho del mundo de conocer Marrakech, el desierto de Gobi y el Malecón de La Habana. La cuestión es como su mera presencia -me refiero a sus billetes- alteran drásticamente la conducta y los hábitos de los lugartenientes. Un hombre blanco es un dólar con dos patas de acuerdo a su visión modificado del foráneo. Y no hay manera de volver atrás. Da pena. Incluso niños, en un colegio lejano al gran prostíbulo gran de Marrakech, piden dirhams a cambio de indicar adonde se sitúa la fábrica de cuero de la ciudad, una marca de la casa. Da pena. Es la moral del dinero. Es lo que Occidente ha enseñado a oriente a través de su presencia en masa.

Al fin y al cabo, lo auténtico se esconde bajo la alfombra. Sólo aflora una actuación, un montaje. Nada de lo que se ve es lo que en verdad es. Un grupo de bailarines de Fez ante turistas japoneses: sonrisas, energía, algarabía. Me lo encuentro más tarde en el descanso del show, en un rincón de la Medina. Parecían un grupo de soldados vietnamitas yendo al campo de batalla.

Por cien dólares, las compañías Ryan Air, EasyJet y Air Europa acercan a Marrakech -que acumula más turistas que el resto de las ciudades de Marruecos sumadas- a miles de ingleses, franceses y españoles. La que fuera capital imperial se abre de piernas a esta nueva clase de turismo barato y superficial. La foto en el aeropuerto, en los monumentos simbólicos para que se confirme el “yo estuve ahí”, una borrachera y de nuevo a casa. Todo ello en tres, dos o incluso en el mismo día. Un londinense me contó que si tomaba cuarenta cervezas en tres días, le era más económico tomarse el avión, pagar un hotel económico y comprar el alcohol en Marrakech, a tres mil kilómetros de Londres, que hacerlo en el pub de la esquina de Huntington Street, esquina Oliver Cronwell Avenue.

A la pobre cobra del Sáhara le succionaron el veneno y, además, está sedada. El saharaui, su amo, la coloca en el cuello de un hooligan que viste la camiseta del Liverpool Football Club, emana un aliento a cerveza y la correspondiente cerveza en su mano derecha (en un Reinado de confesión musulmana, a no olvidar). El grandulón y panzón se ríe con sus amigos. La serpiente vuelve al suelo y otro saharaui toca una flauta típica del sur de Marruecos para simular que la hipnotiza y la hace danzar como resultado de la gracia de los Dioses del desierto. La cobra se tambalea, anda a los cabezazos, como los cinéfilos de la trasnoche. Piensa que, al fin, le abren las puertas del infierno. “Devuélvanme a la jaula, a la jaula”, implora deseperada la pobre cobra.

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