Te invito a mi casa

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marzo 1, 2007 por Diego Gueler

No me dijo ni “hola” ni “buenas tardes”. Apenas bajé del bus que me transportó desde Guelmin hasta Tan-tan, en la puerta del desierto del Sáhara, una estudiante de Historia de 22 años, velada de pies a cabeza, esperó a que me acomodase la mochila en mi espalda y se lanzó: “Te invito a mi casa. Así paras allí esta noche. ¿Quiéres venir?”. Dudé un instante. Pero como principio de dejarse llevar en este tipo de circunstancias, sumado a una incondicional confianza en mi olfato dije que sí. A decir verdad acepté el convite sólo por el valor que tuvo en el ofrecimiento. A estas alturas, valoró el valor como pocas otras cosas. Sin duda, este es un mundo de cagones.

Vaya curiosidad. En Marruecos tuve la fortuna de convivir con tres familias a las cuales no les caben adjetivos de florecimiento. Pero por cada corazón abierto magrebí, otros tantos muchachines presentan problemas al visitante. Casualmente, siempre vinculados con el dinero.

En Casablanca, un virtual estudiante de fotografía (el profesional hijo de puta tenía tarjetas de agencias de fotografía de los siete mares) me enredó para que lo invitase a un café y le prestase tres dólares para que llamase a su presunta hermana a Francia. En teoría, a él le faltaba el código para retirar una remesa en Western Union. Cuando cruzamos al vendedor ambulante de cigarrillos sueltos -una institución fundamental de Marruecos, sobre todo durante los partidos de fútbol- se gastó el único dirham que tenía en tabaco. Confieso que me han engañado. En Fez la historia fue diferente. Aunque el balance, creo, termino a mi favor: un guía falso de la Medina de aquella ciudad me invitó siete cervezas en su habitáculo, al pie de la calle. Luego, en un prostíbulo maloliente de la Ville Nouvelle, él me dejo pagando su cerveza y la de su amigo. Confieso que me han engañado (II).

En la misma Fez fui invitado aun hogar narroquí por primera vez. Le consulté a una preciosa chica de 17 años -no sean malpensados, que aquí rige la ley coránica- dónde quedaba equis sitio. Dos minutos de conversación le fueron suficientes a la colegiala para tomar confianza y abrirme la puerta. Se trata de la hija del sabio Abdel Latif (ver entrada anterior, “Conversación con Abdel Latif“). El tercero fue Khalid, un nuevo inmigrante en la España multicultural. Ya debe estar duchando animales en la España más españolista. Trabajó cinco años en las alturas del Atlas para poder comprar una oferta de trabajo. 9.000 euros le costó un pedazo de papel con el milagroso sello y firma del miserable gestor de extranjería (¿Quién dijo que en Europa no hay corrupción?).

La noche de Tan-Tan dormí en el suelo y el pan me produjo dolor de barriga. Nada, de todas formas, me quitó la satisfacción de poder palpar la vida cotidiana autóctona.

Los anfitriones, una lección de vida. No distingo ya quién representa al bárbaro y quién el civilizado en este indescifrable mapa mundi.

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