La mujer-cosa del Sahel

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abril 9, 2007 por Diego Gueler

Adam tiene cuarenta y ocho años, tres mujeres y trece hijos. La diferencia entre la más jóven y la más madura es de veinte años. “Adamabougou” fue bautizado el terreno donde construyó este hombre las tres casas, una para cada mujer con sus respectivos hijos. “Adam” significa tierra en arameo, la lengua madre del árabe y el hebreo, y “bougou” es “la tierra de” en bambara, una de las equis formas de comunicación oral que existen en Malí. “Adamabougou” es, entonces, “la tierra de la tierra” y está situada a siete quilómetros de Djenné, una ciudad levantada a base de barro y caca animal.

Un noche Adam duerme con una mujer, otra con otra. Si quiere sexo más fresco, pues se va con las más joven (acto que que equivale a un hijo número 14, puesto que aquí mejor no preguntar por condones o pastillas anticonceptivas). Si quiere conversación de su altura intelectual, se va con la mayor. ¿Amor? ¿Cariños? ¿Un “te quiero”?

En África occidental más tradicional -muy mayoritaria a abril de 2006 D.C.- la mujer es considerada por la sociedad como el instrumento físico para traer hijos al mundo, la responsable de amamantarlos y soportarlos en la niñez y, a su vez, como la encargada de los asuntos domésticos, léase limpieza, preparar las comidas. Poco más que eso.

Desde muy pequeña, la mujer africana de las regiones contaminadas por una religión que no es natural de los nativos -el Islam-es desprovista de uno de los placeres más intensos que la Madre Naturaleza les ha regalado. Un viejo le amputa una importante porción del clítoris a los tres o cuatro años. No es sólo un crimen por el hecho de que la pobre puede morir a causa de una hemorragia si no se disponen de las condiciones sanitarias adecuadas, sino que porque es antinatural: si las mujeres nacen con tal órgano, es porque les será de gran utilidad y porque la vagina no solo existe como escape de orina y escupe bebés.

Las mujeres, con sus mentes envenenadas por oradores del Corán, están orgullosas de haber sido mutiladas sexualmente. Una mujer de la etnia peul me decía que aquel día del bisturí y el alambre de púa fue el más importante de su vida. También me recordaba que el rito de la ablación clitoridal es preislámico en la región, pero cuya aplicación se sistematizó cuando los dueños de la Verdad obligaron a los negros a punta de cañón a ponerse en cuatro patas y rezarle a Alá.

Para un individuo acostumbrado a dar placer a la mujer en la caña resulta horroroso acostarse con una mujer que no tiene aquello, o que solo tiene un mínima parte. Además, el rozamiento ya no produce placer sino todo lo contrario (de por vida). !Y lo festejan con bombos y platillos!

Recuerdo una frase de una cínica publicidad que afirmaba: “Millones de personas no pueden equivocarse”.

Sí que pueden.

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