Abc de África del oeste (1er. fascículo)

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abril 25, 2007 por Diego Gueler



Ah. Los programas radiales de mayor audiencia en Malí son los monólogos que, según dicen ellos, son cómicos (yo no he podido comprobarlo porque de Bambara entiendo como de botánica) pese a que los radioescuchas nunca se ríen. Un narrador va relatando cosas al micrófono mientras un segundo, en el final de cada párrafo, asiente con un “ah“, que viene a significar “ok“, “aha“, “cierto”, “siga adelante, maestro”. Lo interesante es que, cada dos párrafos, el moderador interrumpe con el “ah” al conductor del programa, cada vez con un “ah” de mayor decibios. Hasta que en un determinado momento, el “ah” lo emite con tanta frecuencia y tanto volumen, que el imaginario al otro lado de la radio presupone al narrador montándose al Señor Ah, que jime y jime al micrófono. Eso sí que es cómico, se entienda el bambara o no.

Al-Jazeera. Amo y Señor de la información de habla árabe. Desde Indonesia hasta Marruecos, esta multinacional de las noticias con sede en Doha, Qatar (origen de la riqueza: petróleo), acapara tres de cada cuatro televisores de 8 a 22 horas. Al Jazeera, que significa “el observador” hace auténtica gala de su nombre. Dispone de cinco señales que se pueden decodificar por satélite mediante las parabólicas (a 2007 no cuestan más de 300 dólares); la principal, 24 horas de noticias en árabe, el secundario, idem, pero en inglés y con un enfoque más occidental. Otros dos canales de deportes que televisan, entre otros tantos eventos, la liga española y la liga argentina (ambas con partidos completos, noventa minutos de tiqui-taca, en directo, sin importar las diferencias horarias). Y la señal más interesante es, sin duda, “Al Jazeera documentary”. Se ve que esta gente que viste de blanco por el desierto sabe invertir bien el dinero que obtienen por la explotación de sus yacimientos. Envían cámaras y periodistas a Bolivia, el Tibet o Alaska para que el mundo árabe se entere, de una manera realista, sin ficcionalizar (¿tan difícil es hacerlo?), y cercana, de cómo otros viven y sobreviven en otras longitudes y latitudes. Además de informes de ciencia, medio ambiente, Historia. Siempre bien documentado y con un estricto rigor informativo. Lástima que este último canal se emite en árabe y con subtítulos también en árabe. Si no, ya me hubiese comprado la parabólica en el suk de Fez. Es de lo mejor que la televisión mundial ofrece al día de la fecha.

Alá. La respuesta a todo que lo no se puede explicar con la neuronas humanas. Dios del Islam o invento de un presunto profeta al cual se conoce popularmente como Mahoma, Mohamed o Muhamad. Dios que ha derrotado a su paso a toda clase de riquísimas divinidades y santerías de la África negra mediante el garrotazo, el gatillo o el zarpazo para imponer una disciplina cimentada con el machismo, la castidad… Pero, también, todo hay que decirlo, una dosis de solidaridad que los occidentales deberían tomar como ejemplo. De la Jihad y el paraíso post-mortem, mejor que hablen aquellos que lo hayan comprobado. En 4200 kilómetros de territorio musulmán recorrido, yo no he visto absolutamente nada vinculado con el fundamentalismo islámico más que una publicación con Bin Laden en portada.

Argent. Dinero. “L’argent, l’argent“. Estiran la mano y piden. Señoras con bebés en brazos, niños, adolescentes… El francés puede ser muy limitado en algunos pueblos de África. Imaginar, entonces, a un linyera o vagabundo que pide ayuda diciendo “dinero, dinero…”. Algunos osan a reclamar: “Donnez moi l’argent (deme usted dinero)”. Como decía, para la mayoría de africanos somos ricos y como nuestra billetera es obesa, ¿por qué no vamos a darles el dinero a ellos, que son pobres, sin que ellos tengan que hacer nada para conseguirlo, tan sólo pedir? ¿Qué piensa el obrero que se rompe el lomo durante catorce horas al día por conseguir l’argent? Cuidado. Hecha la ley, hecha la trampa. Que sea difícil conseguir trabajo en África no implica tirar la toalla a la primeras de cambio y tomar el atajo: pedir limosna en la calle.

Atai. Té. Desplazarse hasta el desierto del Sáhara vale la pena exclusivamente para observar como elaboran, siete u ocho veces al día, el atai. La gran diferencia, además del sabor, naturalmente, es que allí se toma el té con espuma fina, cosa que no es fácil de conseguir. Existe una técnica de volcar el té de un pequeño vaso a otro, dejando el primero 30 centímetros (estirando el brazo) por encima del otro e ir embocando el contenido de un vaso a otro, unas veinte veces. Hasta que, por fin, las copitas obtienen una espuma después de unos diez minutos de té para aquí, té para allá. Las espuma queda entonces en cada una de las copitas a la espera del atai. El té, por su parte, es calentado al carbón (todo se calienta al carbón en África) y el azúcar se introduce en pequeñas barras sólidas en el interior de la jarra. El otro arte de esta producción artesanal consiste en lograr que el sabor y el aroma de las hierbas acaben bien diluidas en el agua de la jarra metálica. Bastante más que lo que acostumbramos. De modo que después de hervirlas unos diez minutos, sirven el té a una copita para probarlo. Luego lo vuelven a volcar en el jarrón metálico, esté ya bien mezclado o no. Es igual. Y otros diez minutos de ebullición. Al cabo de medio hora se sirve el té a los invitados.

Bus climatisé. Bus climatizado. “Justo esta semana no funciona el aire acondicionado”. La misma justificación utilizará el choffer ante una nueva queja siete días después.

Cadeau. Regalo. Por sistema, los niños de Malí y Burkina Faso piden obsequios a los turistas occidentales. Según el imaginario africano, producto de las mentiras que los mismos visitantes les cuentan sumado al mundo artificial que la televisión les enseña, en Europa el dinero se siembra como las olivas. Por lo tanto, todos deberíamos tener algo que no sobre y regalárselos. Si no disponemos de ningún objeto para regalar, podemos ser mal vistos. La culpa de todo esto lo tuvieron los primer imbéciles que cometieron el infortunio de hacer regalos a cada paso. Ahora, todos los visitantes debemos pagar el peaje.

Chogo. “Diego” pronunciado por un joven de Malí y Burkina Faso. Por sistema, “Chogo Maradona” a continuación y las preguntas de rigor: “¿Eres familiar de Chogo Maradona?” o “¿Eres futbolista (vous joues balon)? (como los únicos argentinos que conocen son futbolistas profesionales). Desde luego, además: “¿Estás casado? Una vez respondido: ¿Por qué no está casado?”

Dogon. Pueblo de origen sudanés que emigró hacia la falla de Bandiagara, al sur de Malí, hace cinco siglos despojando así de estas tierras a los pigmeos. En las guías de viaje se vende el tour por el País Dogón como el pastel más apetecible de la África negra. El fundamento es que se trata de unas tribus animistas con unas costumbres exóticas desde la perspectiva occidental. Desgraciadamente, pocos son ya los rituales dogones que han sobrevivido a la oleada del Islam, los teléfonos móviles y las botellas de Gin importadas. Rescato el saludo de dos dogones que se cruzan entre un pueblo y otro. El siguiente diálogo pingpong tiene una duración total de 7,3 segundos.

Sare (hola. Cómo está?)
-Tara (bien, gracias ¿y usted?)
Uru (bien, gracias. ¿Ha dormido bien está última noche?)
-Casara (sí, he dormido bien, a pesar del calor. ¿Qué tal sus galllinas?)
-Ende (sí, mucho calor. Mis gallinas están bien. ¿Qué tal su huerta?)
Teli (complicado, la tierra está muy seca. ¿Su familia?)
Combolé (mis hijos están bien, ¿Y su mujer, ya se curó de aquella enfermedad?)
Mandiagara (ya se curó, In sha‘Ala, ¿su trabajo cómo va?)
Duruduru (muy bien, In sha‘Ala, ¿y el suyo?)
Aiaré (bien, bien. Hasta la próxima).
Mairé (hasta la próxima).

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