Yo fui extranjero, yo fui inmigrante

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mayo 28, 2007 por Diego Gueler

Vendedor de servicios de telefonía fija con descuentos, agente comercial de seguros en Catalana Occidente S.A., redactor por tiempo determinado del Diari de Terrassa, repartidor de una publicación comunista por los barrios periféricos de Barcelona, redactor por tiempo determinado de los suplementos del diario La Vanguardia, suscriptor de socios de la Cruz Roja Internacional en la vía pública, redactor por tiempo determinado de la Televisió de Catalunya (sin remuneración), agente comercial de seguros en Mapfre SA, recepcionista del Hotel Sidorme, relevo en la empresa Zara Lee Bimbo, peón de fábrica durante tres días en Muebles Casals en Cerdanyola del Vallés.

“¿Eres ajjentino?”

Nunca conocí a otro venido de fuera en España que no tuviera ninguna referencia en el destino antes de tomar la decisión: algún amigo o familiar que pudiera, de antemano, dar un adelanto de lo que se puede encontrar en una sociedad que no es la que uno nació. Tampoco conozco ningún extranjero que, durante cinco años y ocho meses, haya soportado una calidad de vida muy inferior a la que tuviera en su país de origen. Cero. O los que conozco, la mantuvieron o la superaron. “Nadie se va de su país si está bien en él”… Frase al cesto de basura. Cuando dejé la Argentina del un Peso argentino igual a un dólar estadounidense, atravesaba el mejor lapsus espiritual de mi vida.

Autotest del inmigrante.
1) ¿Qué has dejado (amigos, familia)?
2)¿Cómo y por qué te has ido? (¿Escapás de una deuda? ¿Hace años que no encontrás un trabajo que satisfaga tu apetito profesional? ¿Pensás irte a estudiar?)
3)¿De cuánta fortaleza mental dispones para los malos tragos a miles de kilómetros de distancia de tu génesis?
4)¿Adónde vas?

Cuánto más contenido emocional posee la primera respuesta, la inmigración se hará más complicada. Para algunos, en los primeros meses -sobretodo, las mujeres-. Para otros, al cabo de unos años -hombres jóvenes solteros que no encuentran pareja estable en su nuevo país-. La segunda cuestión es fundamental. Un considerable porcentaje de ex miembros de Montoneros y de la Juventud Peronista que tuvieron que escapar del país en los años ’70 no desea radicarse de forma definitiva en el Territorio Nacional Argentino. La tercea ya tiene que ver en el propio terreno: cuando te sientes en Alicia en el País de las Maravillas, raramente nos acordamos de los seres queridos abandonados. Ahora bien, si sufrimos una depresión vía satélite, el recuerdo de la familia y el entorno socio-afectivo es inmediato y duradero. Por último, las peculiaridades del destino pueden determinar el acontecer de uno. Me refiero a la climatología humana. Los argentinos desafiamos el frío del sur y nos cuesta convivir con sociedades menos frívolas, más formales y cuya conducta y energía difiere de forma histérica y sin previo aviso de la noche a la mañana, del verano al otoño. No lo soportamos. Lo mismo cualquier colectividad. He aquí el origen de los guettos en las grandes ciudades receptoras de cientos de miles de inmigrantes.

¿Integración? ¿Multiculturalidad? ¿Convivencia? Mejor mirar para otra parte. Yo tomé otro camino. Acabé hablando un catalán depurado con los catalanes. Sólo así te tratan de tú a tú (con matices). Aunque la paciencia, claro está, es inversamente proporcional al paso de los que se conoce como “tiempo”.

“¿Eres ajjentino?” Aún mis mejores amigos, años después de haber iniciado nuestra relación, me hacían notar, sin darse cuenta de ello, mi origen argentino. Sin duda, les afecta el inconciente.

Las doblesvidas son difíciles de arrastrar. ¿Se puede partir al alma en dos? Si la cabeza está aquí no está allá y si está allá no está aquí. Vida es selección. El Todo, mejor, se los dejamos a los seres suprahumanos. Los argentinos tenemos la peligrosa particularidad de ser altamente introspectivos, con altas dosis de cartesianismo y una jarra llena de psicoanálisis. ¡Cóctel explosivo! Otras sociedades no lo son. La dificultad de todo esto es que hasta que uno no le mete la lengua hasta el fondo del clítoris a una mujer que juega en casa, y se emborrache de amor por ella, posiblemente no sepa a ciencia cierta dónde está parado en este mundo. No sé si me explico.

Ya nadie me preguntará, una vez adivinado el origen geográfico de la musicalidad de mi habla, si soy argentino. Después de tanto tiempo, hasta dudo si soy un argentino propiamente dicho.

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