La fiesta de la luna llena

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julio 11, 2007 por Diego Gueler

Koh Phan Gan, Tailandia, 6 de febrero de 2004

Imagine una playa paradisíaca, arena blanca, palmeras… Chicas bellísimas de todo el mundo… Cientos de personas bailando… Música que retumba durante horas… ¿Acaso qué joven no soñó alguna vez con una fiesta así? Bueno, este tipo de escenas existe en este planeta y tiene nombre y apellido: “Full moon party” (fiesta de la luna llena). En diciembre de 1988, un grupo de hippies europeos organizó una fiesta en la playa de Anjuna, Goa -costa este de la India-, y que coincidió con la noche de luna llena. Un dinámico estilo tecno y trance, hoy conocido como “Goa trance” o “trance psicodélico”, era el encargado de mover los cuerpos de los no más de 200 invitados, estimulados por todo tipo de drogas. Desde entonces, las Full moon se extendieron a Indonesia (Bali), Australia, Fiji (Oceanía), Sudáfrica, Zimbabwe (Africa) y hasta Brasil; siempre y cuando la Policía local las habilitara. En los últimos años, la más concurrida y codiciada por jóvenes de todo el mundo es la que tiene lugar en la Isla de Koh Phan Gan, en el Golfo de Tailandia. Entre diciembre y febrero de cada año, casi 10.000 almas copan las arenas de la playa de Hat Rin Nok (“Playa del amanecer”) y forman parte de una historia que vale la pena ser contada.

Los viajeros que transitan por Khao San Road, la calle madre del turismo joven en Bangkok –la capital tailandesa-, se informan por Internet para saber cuándo será la próxima luna llena o preguntan desesperados en las agencias de viaje. Los más fanáticos de esta cita ya lo han chequeado en su país y viajan especialmente para la fiesta. “Five february”, es la respuesta del millón. Unos se lamentan porque ya no estarán en Tailandia, otros cambian de la noche a la mañana el itinerario con tal de no faltar a la cita.

Tres días antes de la fecha, las 8.000 camas disponibles en la isla ya están cubiertas. Los que llegan el mismo día o el anterior, van de albergue en albergue para conseguir una habitación o una cama, lo que sea. “Is full, is full”, responden rápidamente los patrones tailandeses con su inglés superbásico. Los barcos que zarpan desde Ko Tao y Ko Samui, dos islas vecinas de Ko Phan Gan en el golfo tailandés, salen totalmente llenos desde el mediodía previo. La temperatura de la isla va aumentando a medida que se esconde el sol.

Algunos llegan a esta playa de la forman menos pensada. El pequeño bote que llevaba a la francesa Jacqueline desde el norte de la isla naufragó y el grupo de 50 turistas que la acompañaba tuvo que llegar ¡nadando! Más otro tramo a pie hasta la playa donde la fiesta (sureste de la isla). Habían salido a las 22 horas de su hotel y a Hat Rin Nok recién pudieron acudir a las tres de la madrugada. Todo sea por la Full moon. Los que van arribando, entonces, se topan con una marea de gente. Es una verdadera rave sobre la arena. Son poco menos de 10.000 personas de todos los rincones del mundo. La mayoría provienen de Inglaterra, Francia, Suecia y, sorpresivamente, de Israel. Estos últimos son casi la cuarta parte. Luego de afrontar la muerte cara a cara durante tres años como soldados, los jóvenes israelíes se retiran durante meses a India y Tailandia para relajarse tras semejante calvario en los territorios palestinos. También hay un puñado de españoles. Tony, de Barcelona, está en Koh Phan Gan por séptima vez. La fiesta, para él, es el único punto de reencuentro con amigos del otro lado del planeta.

El catalán avisa que en el puesto Zoom, uno de los diez que hay en la playa Hat Rin, estará lo mejor. Junto con Vinyl club, son los garitos más fieles a la idea original de las Full moon. Allí sólo se escucha Goa trance. Casualmente, es en estos dos puestos donde más se prolongará la fiesta. El bar se llena a las tres y a bailar que se acaba el mundo. Jazzmina y Josep María, también de Catalunya, estaban paseando por el sudeste asiático y tampoco se iban a perder semejante acontecimiento. Ambos aseguran que en Koh Phan Gan “pasan más cosas en una noche que en toda una temporada en Barcelona”.

La energía de la música y de los que han elegido por los estupefacientes contagia a los que no y casi no se puede diferir entre los primeros y los segundos. La noche comienza a caer y como anticipó Tony, las zonas raves son las que más gente convocan. A las 6.30 sale el sol tapado por las nubes. Se inicia la primera sesión de lluvia, que incrementa el pulso en la arena. El agua para de caer y una media hora después regresa en formato de diluvio. La típica lluvia tropical. ¡A quién le importa! El agua desata una locura colectiva. Jim, una chica de Japón, le pregunta a Chao, de Taiwán, en un inglés de manual: “¿Es esto real? No lo puedo creer”. En la arena que da a Zoom unas 500 personas bailan y bailan bajo la lluvia. Nada perece detenerlos. El público, transpirado por los 35 grados de temperatura, agradece a Dios por el agua. Tom de Australia, sin embargo, no la necesita. Empapado, con tejano y cerveza en mano, va y vuelve al mar. Jason, de Nueva York y de piel rosada, no esconde su homosexualidad: con su metro cincuenta baila en calzoncillos y su boina gris en el medio de la playa.

De pronto, vuelve el sol y fulmina los cuellos y los hombros de los bailarines. Las bellas caras de las mujeres por la noche no son tal por la mañana. Ojeras, caras estiradas, morados, miradas perdidas, pasos y bailes incomprensibles…

La marea sube por la mañana. El agua va encerrando a la gente y va arrastrando decenas de botellas, pares de chancletas y camisetas. Sobre las 11, las olas ya llegan a los parlantes. Todo sigue igual. Pum, pum y más pum pum. Que aquí no ha pasado nada. Como para Scott, de 54 años. Baila sin parar en un parlante de Zoom junto a una tailandesa que alquiló en Pattaya –el centro de prostitución en este país- por 150 euros semanales a cambio de buen sexo y compañía. Peter, inglés, cumple 61 años esa misma noche. ¡Vaya fiesta le han regalado! Peter aun sigue bailando pasadas las 12 del mediodía. Cabello largo y platinado. Se le nota una paz interior muy honda. La fiesta no tiene color ni edad. La escena, ya por la mañana, está monopolizada por israelíes. Pasadas las nueve, la mitad de los sobrevivientes que aún bailan son de Israel. Incluso, los tres disc jockeys que deleitaron la pista de Zoom, “made in Israel”. DJ Pixel, quien también ha tocado en Goa, dice que “el ambiente y la excitación de las Full moon son únicos. Aquí la gente baila como si fuera su última fiesta. Pero nunca lo es. Siempre vuelven”.

A cada rincón, otra historia. Pete, de Sudáfrica, está siempre sonriente y con su novena o décima cerveza en la mano. Su bungalow está justo detrás de Zoom. “Como no puedo dormir por la música, no me queda otra que venir aquí todas las noches”, confiesa. Y luego agrega: “Sólo viví algo como esto en mi país. Una vez, la luna se ocultó cinco días y se hizo una rave en la selva. No paramos de bailar durante todo ese tiempo”.

Llega el mediodía y el trance psicodélico sigue sonando como cuando se encendieron los equipos. Los 100 sobrevivientes desean que no se apaguen nunca. Na bau, tailandés y empleado de Zoom, cabecea del sueño. Pobre hombre, lleva 17 horas sirviendo en la barra. Ya son las 14.30 y la música por fin se detiene. Na bau Agarra rápido su bolso y se va a casa a dormir porque al día siguiente tendrá que volver a trabajar al mismo lugar. Y en cuatro semanas, la luna se volverá a llenar y otra enorme fiesta lo volverá a aguardar.

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Un pensamiento en “La fiesta de la luna llena

  1. Anonymous dice:

    Diego, gracias al reenvio del mail de low estuve viendo tu blog. Solo felicitarte, nomas. Nos vemos en yoga. Abrazo.

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