52-horas-tren-India

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agosto 8, 2007 por Diego Gueler

Rishikesh, India, diciembre de 2003. Damián no se percató cuando la arrugada mano de aquel madrugador pescador indio cogió nuestro bolso y así perdí mi cámara fotográfica y un estimadísimo pantalón de baño. Habíamos decidido dormir en aquella playa de ensueño para despertarnos frente al brillo cegador del Mar arábigo. Unas palmeras de tronco grueso y de una extraña sabia color naranja escoltaban esa porción de arena trágica y mágica. Una barca abandonada era el testimonio de la continua presencia humana en la desolada costa del norte de Varkalá, un cliché del tour de todo extranjero que visita el sur de la India como un pájaro que picotea de nido en nido.

El hurto me enfadó. Sospeché que el autor podría haber sido el hombre que la tarde anterior nos había engañado con sus buenas intenciones convidándonos con un cigarro de hierbas autóctonas. La profecía resultó cierta. Unos lugareños nos habían advertido que había que tener mucho cuidado con los indios de origen musulmán. En la zona del hurto, casualmente, no frecuentaban indios de confesión hindú. Quedé, pues, sumido en una honda frustración porque, hasta el momento, los anfitriones se habían comportado como unos auténticos Señores. Era impensado que nos pudieran robar en la hospitalaria y respetuosa India, pero pasó. Es lo que los viajes enseñan a uno: la picardía, la envidia y la necesidad son universales.

El tren Ernakulam-Nizzamudin Express partía a las 18.30. La inútil denuncia que había hecho en la comisaría local (un agente redactó el acta del robo en una hoja que recogió sin escrúpulos del pegajoso suelo, pisoteada y resquebrajada) nos había demorado en demasía. Además, tuve que tomarme otro rato para encontrar una nueva cámara de fotos decente para disparar nuevos recuerdos durante la travesía. No iba a ser cosa de atravesar la India, recorrer tres mil kilómetros desde el vértice sur al norte, presenciar atardeceres de soles obesos y noches de lunas raquíticas sin una captadora de eternos momentos en mis manos.

La barba desarreglada y abandonada de Damián sudaba la gota tropical. Mi copiloto de una travesía de seis meses titulada “Asia (lo desconocido)” en mi diario de viaje me aguardaba en la estación. Estaba un tanto nervioso. La hora de salida le ahorcaba y yo no regresaba. Deseábamos abandonar la selva de Keralá para emprender viaje a Agra, el hogar del Taj Mahal. Debíamos, sí o sí, tomar ese tren. De lo contrario, podíamos demorarnos otra semana en conseguir dos billetes en la Sleeper Class para alguno de los destinos principales del norte indio. Vale explicarlo: conseguir un sitio disponible en esa clase es harto complicado en un país de más de mil millones de habitantes. En la India, todos los autobuses viajan abarrotados. Todos los trenes funcionan siempre llenos, los de corta distancia y lo de larga también. Jamás uno encuentra un bendito lugar vacío que sonría. Ni siquiera el del acompañante del conductor del autobús, un privilegiado sitio reservado a algún amigo o familiar del chofer.

Los indios se dirigen desde un sitio hacia otro sin detenerse. No pudimos averiguar para hacer qué. La cuestión es ésa, moverse, alejarse de la masa, distinguirse de la masa.

Cuarenta dólares me rescataron del problema de la cámara (me compré otra barata) y por fin tomamos el tren. La adrenalina fue en vano. Como suele ocurrir en la India, los trenes parten con retraso de forma habitual, casi sistemática. La red ferroviaria consta de miles de kilómetros de carriles embarnizadas de excrementos y residuos (las letrinas desembocan en las vías), cientos de trenes que enlazan incalculables pueblos y ciudades de esa gigantesca geografía.

A las 17.30 de un soporífero y asfixiante sábado de otoño indio comenzó el viaje más largo que Damián y yo habíamos experimentado en nuestras cortísimas vidas. Uno podría imaginar la diversidad de cosas para hacer entre un sábado por la tarde y un lunes por la noche. Damián y yo, sin embargo, siempre estuvimos dentro de aquel tren. Cincuenta horas de paciencia, reflexión. Cincuenta horas de contacto con los otros, esos seres que habían nacido a miles de kilómetros de distancia… Individuos que piensan y se comunican en una lengua totalmente ignorada, ajena e incomprendida por dos argentinos. Nombres y apellidos de carne y hueso que adoran unas divinidades que poco pueden equipararse al Dios de las escrituras sagradas de las religiones monoteístas de Occidente.

La Sleeper Class, una categoría provista de cuchetas de cuero celeste empolvadas, nos cobijó durante la odisea. La cama de Damián y la mía daban al pasillo corredor. Fue el infortunio del azar que impera en un contexto de mil millones de habitantes. Mientras que las otras seis cuchetas situadas frente a las nuestras fueron ocupadas por un grupo de profesores que vivían en la costera ciudad de Mangalore. En aquella ciudad de escaso interés turístico se había incorporado en mi archivo de imágenes una cruda postal de dos enanos deformes sin brazos ni piernas, quienes pedían a grito desesperado una humilde limosna desde una acera situada en medio de una ancha avenida.

De súbito nos amigamos con el equipo de docentes. Como es costumbre, el primer contacto con un indio implica para el visitante una serie de preguntas de rigor con una sana curiosidad. “¿Cuál es su país?, “¿Cómo te llamas?”, “¿Qué edad tienes?” “¿De qué trabajas?”,¿Te gusta la India?”, interrogan mediante un inglés improvisado, agramatical. Eran las cinco preguntas, y en idéntico orden, que respondíamos una y otra vez. A Damián ya le agobiaba este trabajo protocolario. Yo, en cambio, respondía a gusto. Como acaso lo había hecho con el funcionario de la aduana del aeropuerto de Bombay que me había dado, a puro orgullo, la bienvenida a su país.

Thrisur, Coimbator, Erode, Salem, ¿Cuál es tu país?. Diez horas de viaje vividas. Cuarenta por vivir.

Una mujer de unos treinta años y su hijo viajaban en las cuchetas contiguas del vagón. El pequeño indiecito no pudo pegar un ojo en todo la longeva noche. Su progenitora sacrificó su propio descanso para consolarle. Eran las dos o las tres de la madrugada. Un carnaval de ronquidos, inhalaciones y exhalaciones retumbaban más alto que el mismo sonido del roce metálico del tren y las vías. Observé durante unos minutos a la madre mientras compartía la peste del insomnio con el pequeño. La mujer, que llevaba un vestido largo de colores penetrantes, me devolvió la mirada y en voz silenciosa y una envidiable amabilidad me preguntó desde su cama:

—¿Puedo iniciar una conversación con usted?

—Por supuesto que sí —le respondí—.

—¿Cuál es su país?

El tren se detenía cada hora, hora y media. Cuando alcanzamos Katpadi los despertadores se encendieron. Los gritos amplificados de “Isitaa vara varé, varé”, “Chaaa, chaaa, chaaa” no cesaron a centímetros de mi oreja derecha, rendida al pasillo del vagón. El té con leche indio y el nombre de otros productos alimenticios vernaculares difíciles de memorizar se repetirían durante minutos y, por desgracia, durante todo el viaje. Damián estaba incrédulo. Con su pasional acento argentino increpó a la multitud: “Déjenme dormir, por favor”. Digo multitud porque, además de nuevos pasajeros, sus familiares, y vendedores ambulantes, habían subido al vagón otras treinta personas sin motivo aparente.

Juegos de cartas, lecturas sobre legendarias proezas de yoguis indios, diálogos redundantes. La plasticidad del tiempo comenzaba a pesarnos. Nos aburríamos. Los profesores nos invitaban a que nos sumásemos a su indescifrable cultura lúdica. A la hora de la siesta del domingo, aunque siempre podía ser la hora para un descanso, nuestros vecinos comenzaron a reír. Lógicamente, Damián Low y yo no comprendíamos más que el saludo namaste. Entre las carcajadas, de pronto, uno de ellos dijo:

—Cutursi Damianlo’.

Mi compañero de viaje no lo oyó, yo reí. Luego no les pregunté qué habían dicho. Preferí imaginar qué mitos o cuáles fantasías sobre esos extraterrestres suramericanos se estaban montando. Reí mucho. Ellos más. Al mismo tiempo, me asomé en una de las ventanas y contemplé el atardecer. Nunca había visto un sol tan grande, tan encendido. Se asemejaba a un ocaso simulado por ordenador, cercano a la imaginaria perfección. Pero era cierto: yo estaba ahí, en el ecuador de la India, y la fuente de luz era fuente de luz.

El lunes a primera hora de la mañana el ritual se volvió a repetir. Esta vez ya estábamos preparados. Damián, orgulloso de su perspicacia germinada en el Río de La Plata, me miró desde su cucheta superior y me susurró: “Esta vez no nos joden”. El bis de las ventas al por mayor incluso me agradó. Presté suma atención a los cánticos, para constatar si coincidían con los del día anterior. Así fue. La misma musicalidad, el mismo chai pasado de leche, la misma indigestión.

Thrisur, Coimbator, Erode, Salem, Katpadi, Renigunta, Viajayawada, Warangal, Nagpur, Itarsi, Bhopal. ¿Cuál es tu país? Isita vara varé. Damianlo’, Isita vara varé. Treinta y ocho horas vividas, doce por vivir.

El último día transcurrió de forma veloz. El cariño que habíamos engendrado por nuestros vecinos profesores y la entrañable mujer y su hijo nos hacía entristecer a medida que nos acercábamos al final del trayecto. La cuenta atrás perdió todo sentido. Por eso, al bajar de la Sleeper Class del Nizzamudin Ernakulam-Nizzamudin Express, a las 19.30 del lunes, tuvimos la sensación que aquel maratón sobre rieles no había sido un mero viaje, sino una enriquecedora estadía en movimiento.

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