La mezquita del desierto

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febrero 2, 2008 por Diego Gueler


FOTOS: DIEGO GUELER

El centro islámico de Palermo, el más grande de esa fe en América Latina, tiene una llamativa baja concurrencia. Los vecinos, que hace diez años se indignaron con su construcción, ahora aseguran que casi nunca ven gente por ese recinto.

Es martes, 12 horas, cuando Augusto da la bienvenida a unos treinta visitantes al “Centro Cultural Islámico Custodio de Las Dos Mezquitas Rey Fahd”, la edificación más opulenta de los creyentes de Alá en toda América Latina, convertida ya en un ícono del paisaje porteño. El horario es más que incómodo, salvo para turistas y gente mayor. Eso poco le importa a la Embajada de Arabia Saudita, la que administra este predio de tres hectáreas situado en el corazón de Palermo, entre las vías de la Estación 3 de febrero del tren Mitre y las avenidas Cerviño, Bullrich y Libertador. Tampoco le interesa mostrarlo, ni decir mucho sobre él. Los motivos no están muy claros.

Siete años y medio después de su polémica apertura (ver “Los polémicos…”), los vecinos y trabajadores de la zona coinciden de forma unánime que casi no ven circular gente por el centro durante el año, sea martes o domingo, de mañana o de tarde. Están sorprendidísimos dadas las dimensiones del recinto y porque tras años de protestas con bombos y platillos por la cesión de los terrenos, la sensación de vacío que perciben sobre este opulento centro cultural los vuelve a indignar.



Las cifras que barajan miembros del centro dan una idea más clara de la situación. 250 fieles, hombres y mujeres por separado, que acuden a mezquita (pese a que su capacidad es de 1.500) y otras celebraciones religiosas, más 100 los alumnos inscriptos en el jardín y primario (laico), y otras 50 personas que participarían en el resto de actividades sociales. En resultado: cuatrocientos. La cifra es irrisoria cuando en la Argentina, de acuerdo a la Fundación Islámica de Leicester (Inglaterra), hay casi 1 millón de musulmanes, la mitad de ellos en Capital y Gran Buenos Aires.


La referencia del Centro Islámico de la calle San Juan, el más concurrido, pone en evidencia al centro Rey Fahd. Esta comunidad, con 75 años de historia, está compuesta por 10 mil musulmanes de procedencia sirio-libanés. Y eso que sus instalaciones son bastante más humildes y pequeñas que el centro cultural de Palermo, de origen saudí, pero abierto a todo el público (a partir de su segundo año en actividad).




La visita comienza pues. El recorrido, avisa el guía, no alcanza todo el predio, “por el calor”, sino por una quinta parte del recinto. Se contabilizan, durante el trayecto, el guía, un policía, dos agentes de seguridad privados y una empleada. Y es mediodía de un día hábil… El protocolo, por su parte, es rígido. Sólo durante en los primeros cinco minutos se habla del centro cultural. “El proyecto comenzó en los años ‘70 y se construyó a finales de los ’80”, dice con total certeza Augusto. Y añade que “el terreno se lo cedió el Estado… Porque como ustedes saben, los gobiernos, en casi todos los países, le ceden terrenos a las colectividades islámicas…”.


El relato no es del todo preciso. Por un lado, la mezquita de Palermo se ultimó en setiembre de 2000. Y en segundo, vale puntualizar que no todos los estados ceden los terrenos más cotizados de su país (valían U$ 20 millones en 1995) a una comunidad religiosa a golpe de decreto, como los hiciera el ex presidente Carlos Menem.



A todo esto, el presidente de la Asociación de Vecinos de Plaza Italia, Enrique Raimondi, asegura que “ninguna asociación de la zona tuvo nunca contacto con este centro. No nos invitaron”. La sorpresa se manifiesta, a su vez, cuando cuenta que va de compras todas las semanas al supermercado Jumbo, justo enfrente de la entrada del Colegio Rey Fahd. “Jamás vi entrar ni salir un chico del colegio”, exagera. Pero no tanto. Luis Petcoff, de la Asociación Lago Pacífico, cuenta más o menos lo mismo. “¿La mezquita? Los vecinos siempre comentan el poco movimiento que se ve”.

Resulta también curioso que en la web del centro Rey Fahd se informe de tan sólo dos encuentros internaciones celebrados en el recinto en los últimos tres años. Actividades, según indica el portal, imparten de a montones. Ahora, poder inscribirse en estos cursos, así como contactar al personal de la entidad, no es como el de cualquier centro cultural. La operadora transfiere sistemáticamente con los agentes de seguridad de la puerta. Para penetrar en las líneas internas, hay que probar suerte durante días. Otro interrogante.


No sólo eso, cuando una visita especial que iba a incluir una entrevista al director del centro que la revista Newsweek Argentina, presuntamente, estaba a punto de concretar -tras semanas de llamados y fax mediante-, el único responsable de prensa desapareció. Catapum. “Está enfermo” o “se fue de vacaciones” dijeron, según quién levantara el teléfono.

El paseo, mientras, continúa por los pasillos interiores. Más de un turista queda perplejo. Si bien el Islam es una confesión iconoclasta, en las paredes nomás cuelgan fotografías encuadradas de las dos mezquitas sagradas, las de La Meca y Medina (localizadas en Arabia Saudita y que dan nombre al centro cultural). Las postales que ilustran los versículos coránicos que recitan los millones de fieles hacinados durante Ramadán configuran un gran contraste con el silencio del centro Rey Fahd.



La visita llega a la biblioteca (un 90% de los títulos son en árabe) que hasta hace no mucho cerraba al público a las 16. Una rareza más. Cantidad de personas que se encuentran allí: tres. Saida, de origen argelino y secretaria administrativa de la entidad, y sus dos hijos. Ella contesta preguntas con una inédita gentileza y naturalidad. Cuenta que, entre jardín y primario, los alumnos matriculados para 2008 serán cien. Si la escuela representa una tercera parte de la área del complejo, a cada alumno le corresponden, por tanto, nada menos que 100 m2. Un departamento tipo de tres ambientes.

En el Centro Islámico Argentino, en cambio, los alumnos no gozan de semejante privilegio. El colegio, apunta su Secretario General, Omar Abboud, cuenta con 330 alumnos. ¿Cuál la explicación de este miembro comunitario a la escasa concurrencia de la mole islámica de Palermo? “Tiene pocos años de vida, está creciendo. Además, la vida del creyente musulmán no siempre es comunitaria. Igual, no está claro”, razona Omar, que conversa a gusto y, lo que es novedad, en el mismo día que se contacta a la entidad.


Augusto pone fin al recorrido tras una última charla sobre teología. Son las 13.30, aunque algunos visitantes desertaron en plena visita. El guía entrega un folleto sobre el Islam y lanza una invitación colectiva: “el Centro Cultural Rey Fahd los espera pronto. Nuevos miembros son bienvenidos en la comunidad”. En eso sí, hay que reconocerlo, Augusto tiene razón.

LOS POLÉMICOS ORÍGENES DEL CENTRO ISLÁMICO

20 de diciembre de 1995. El Congreso de la Nación, de mayoría oficialista, sanciona una ley que facultada al Presidente Carlos Menem a transferir, a título gratuito, los terrenos de los ferrocarriles estatales de Palermo a la Embajada del Reino de Arabia Saudí para la futura construcción de un centro cultural islámico.

21 al 23 de diciembre de 1995. La cesión despertó duras críticas de asociaciones vecinales (pedían infreaestructuras de uso público), de la comunidad judía y la Iglesia evangelista (por un trato de privilegio con el Islam), de agentes inmobiliarios (consideraron un despropósito el obsequio de terrenos valuados en U$ 20 millones) y, finalmente, de urbanistas (opinaban que la mezquita podía afectar el paisaje de la ciudad).

7 de diciembre de 1998. Se coloca la piedra fundamental de la obra, financiada por el mismo Rey Fahd saudí. El presupuesto declarado fue de U$ 22 millones, aunque constructores los estimaron en 40 millones de dólares.

Enero-junio 1999. Menem anhela inaugurar el predio antes del epílogo de la legislatura (diciembre de 1999) y acelera obra. Los 350 peones contratados trabajaron 12 horas al día, toda la semana.

Octubre 1999. El secretismo sobre los avances de la obra es total. La suspensión de 180 obreros por un presunto atraso de pagos de la Embajada saudí interrumpen los trabajos.

25 de setiembre de 2000. Con nueve meses de retraso, se inaugura el centro con estrictas medidas de seguridad: 50 policías y francotiradores en las torres de la zona. Acuden a la cita el nuevo Presidente, Fernando de la Rúa, Carlos Menem (sin cargo público), el secretario de Cultura porteño, Jorge Telerman, y el Príncipe saudí, Adbullah Bin Abdulaziz (actual Rey).

Julio 2001. Los colegios, los auditorios y el centro de exposiciones no tienen fecha prevista de apertura. El centro había asegurado que el espacio tendría “acceso libre”, pero sólo los practicantes del Islam pudieron ingresar durante el primer año.

VERSION BREVE EN NEWSWEEK ARGENTINA (30/01/2008)

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