Jorge Guinzburg y una columna para el recuerdo

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marzo 12, 2008 por Diego Gueler

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DESDE EL DIVAN

La máquina de hacer estúpidos


Jorge Guinzburg

A los 20 minutos de sesión, cuando el cuero del diván comenzó a mojar mi espalda, decidí que era momento de contar mi problema. Me preocupaba haber perdido meses de terapia con una idea equivocada: desde el primer día sostuve que había llegado al consultorio sólo porque la realidad me quería volver loco. Hoy, sin embargo, una nueva teoría me angustia mucho más: lo que quería la realidad no era volverme loco sino estúpido. Y no solo a mí, a la sociedad en general. Hay un complot mundial, encabezado por los grandes líderes de opinión, secundados por artistas, deportistas, personajes del jet set y comunicadores sociales, cómplices de ellos, que quieren borrar todo rastro de lucidez de la faz de la Tierra. Ahora entendía cuál era la estrategia para lograr su maquiavélico plan. Hablar. Hablar más que escuchar. No cabe duda de que si Dios nos dio una boca y dos oídos fue para que oigamos el doble de lo que decimos, no al revés. Pero la mefistofélica idea de la logia secreta es aturdir las mentes sanas con una catarata de frases tontas hasta que las aceptemos como normales, incluso como inteligentes. En ese momento habrán triunfado y el raciocinio será sólo un recuerdo de una cualidad perdida en la evolución de la especie.

Esta semana, el presidente del país más poderoso del mundo, George W. Bush (uno de los hombres clave del operativo) trató de acelerar el proceso con varias frases que pueden aniquilar las neuronas de los desprevenidos. Por ejemplo “queremos que haya hombres viviendo en la Luna”. Sé que lo hizo para que yo, en lugar de analizar que lo dijo en medio de su campaña, al escucharlo piense “qué lindo que el hombre pueda vivir en la Luna”, y caiga en la trampa. Por si no lo hacía, Bush me tiró otra granada: propuso un presupuesto de 1500 millones de dólares a favor de los “casamientos saludables”, es decir, de blanco y entre heterosexuales. Si no hubiera entonces pensado cuánto podría acelerar la búsqueda de una vacuna contra el sida ese dinero, mi cerebro habría sucumbido.

Desde España, el imán Mohamed Kamal Mostafa explicó en un libro que a las esposas rebeldes hay que pegarles “con una vara no muy gruesa, para no dejar marcas, y que los golpes no deben ser fuertes porque el objetivo es causar sufrimiento psicológico y no humillar”. ¿Cómo se causa sufrimiento psicológico sin humillar? ¿Se habrán sentido humillados los comandos argentinos torturados desde 1965 hasta 1994 como parte de su adiestramiento militar? Y volviendo al plan aniquilador de neuronas; cuando Alfonsín, presidente desde 1983 a 1989 dice “yo no sabía nada”, ¿será parte de la logia? ¿Estará esperando que yo no piense que cuando un presidente no se entera de algo así, su idoneidad en el cargo está cuestionada? Miguel Angel Toma, miembro de la Comisión de Defensa de Diputados entre 1985 y 1997, ¿es parte del proyecto cuando dice “es una denuncia que debe ser investigada”? ¿Querrá que yo no me pregunte cómo no lo investigó él, durante 12 años, para que pierda mi capacidad de cuestionar?

“Y hay más, tantos que no puedo mencionarlos en sólo 50 minutos”, dije saltando del diván. “¿Todos dicen cosas tontas para destruir mi cerebro?”

“La verdad, no sé qué decir”, contestó mi terapeuta. Eso me alegró tanto que pagué la sesión feliz al comprobar que si prefiere pensar a hablar, él no es parte del complot.

Suplemento Zona de Clarín, domingo 18 de enero de 2004.

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