Alfonsín tenía razón

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agosto 11, 2008 por Diego Gueler

En aquellos ochentas, la propuesta sonó a broma: la Capital Federal debía ser trasladada a la ignota ciudad de Viedma, la capital de Río Negro. La iniciativa del ex presidente radical, Raúl Alfonsín, pretendía ni más ni menos que descentralizar el poder y la población de la Ciudad de Buenos Aires y el Conurbano bonaerense. Y eso que, a mediados de los 80, éramos (yo tenía 6 años) en el área metropolitana la mitad de los 15 millones de personas que superpoblan esta región. En Brasil no había funcionado el traslado de Río de Janeiro a Brasilia -esa ciudad, San Pablo y Belo Horizonte no perdieron un solo habitante sino que siguieron construyendo para arriba-. Entonces, ¿por qué en la Argentina iba a ser exitosa?

Si hoy analizamos el exceso de gente que vive en la Capital Federal y el GBA y los apuros económicos que eso genera; la inseguridad, la inflación inmobiliaria, la contaminación, el colapso permanente y sistemático del tráfico sobre ruedas y rieles, dependencias estatales repletas de colas. ¿Se pudo haber evitado todo esto? Sí, se pudo haber evitado. Pero no se quiso.

Para colmo, todos los equipos grandes del fútbol están por acá (o a 20 manzanas del límite, que es lo mismo) y los chaqueños o salteños que no padecieron una emigración económica forzosa a la “gran ciudad” sueñan con, alguna vez, probar suerte en la ciudad donde Palermo la emboca o donde Falcao grita los goles por Fox Sports.

Como muchísima gente, tomé la determinación de escapar de la city, aunque cinco días a la semana debo ir a trabajar al barrio de Palermo. Es que no se aguanta.

Aún así debo soportar el tráfico a ciertas horas -jamás a hora pico, sería lo último-, me tomo el subte que no es nada agradable durante el día. Pero, sobretodo, debo padecer el stress visual, auditivo, gustativo y táctil de una megaurbe (metropolis, megalópolis… ¿cómo es que le decían en el cole?) que explota. Explota. Y eso que he estado en Calcuta, Bombay, México, Bangkok y otras megaciudades de más de 20 millones de habitantes. Pero estuve sólo de pasada. Aquí, vivo. Y la cosa va a peor ante nuestros ojos.

Hay que sacarle la mano de la foto triunfal a Don Raúl y darle la mano derecha. A 2008, a la vista de los hechos, habría que haberlo, al menos, probado. Total, qué se iba perder. Siendo la Argentina tan tan grande (¡de El Calafate a La Quiaca hay 5.000 kilómetros y más de la tercera parte de la población vive en 400 km2!) no hay forma lógica racional de poder explicar cómo sucedió todo esto. Los pobres del interior que conformaron las villas en los últimos 40 años nada podían hacer para evitarlo. Unos de los grande fallos estructurales de este país es la centralización excesiva, perniciosa, en Buenos Aires. Si no, miren a Europa en los mapitas de google: tienen varias grandes ciudades, la mayor parte, equilibradas. Sólo un puñado superan los 2,5 millones de habitantes.

¿A quién se le puede ocurrir poner a tanta gente a cocinar, lavar los platos, dormir, cojer, estudiar, caminar, correr, hablar, discutir, besar o patear un culo en tan poco espacio?

¿A qué clase de tarado se le ocurre tener un hospital con 500 camas para 200.000 personas?

Alguna vez tendremos a otro bigutudo “inocentón” que propondrá mandar la capital a Chapadmalal o Santa Teresita. Señores, por favor, hagámosle caso.

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