Robin Williams y la gran ilusión de la fama y el dinero

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agosto 12, 2014 por Diego Gueler

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¿Por qué un hombre rico y famoso que consiguió lo que gran parte de los habitantes de este planeta desean con fervor se suicida? ¿Acaso no era ese el estado de “felicidad” supremo, lo que muchísimos buscan: ser famoso y tener mucho dinero?

Hay una larguísima lista de celebridades que se pegaron un escopetazo en la sien o se pasaron de drogas o antidepresivos: Kurt Kobain, Marylin Monroe, Elvis Presley, Janis Joplin, Ernest Hemingway…

Ellos demostraron algo que parece obvio pero que es bueno recordarlo con énfasis porque el inconciente colectivo parece no querer entenderlo; aquel viejo dicho de que ‘la plata no hace la felicidad’. Todos tenemos ejemplos más cercanos de sobra; y también de historias de seres simples que han logrado simplemente estar en paz con ellos mismos. No más que eso.

Robin Williams estaba con depresión, su historial familiar estaba lleno de dolor, seguramente el actor estaba sufriendo y no encontró otra salida. Hizo lo que pudo. No era ostentoso ni tenía la necesidad de alardear nada en Beverly Hills. Todos los redordaremos con mucho cariño. Sus películas nos tocaron varias fibras sensibles.

Pero su caso tiene que servir para despertar de una buena vez a todo ese ejército planetario con sucursales en Buenos Aires, Sao Paulo, New York o Barcelona que programa su vida en función del reconocimiento en la TV o en las revistas, ganar mucho dinero para que el amigo o el vecino lo vea y otros etcéteras que llevan a un peligroso cóctel de soledad, infelicidad y daño a sí mismo, para el que luego se requerirán muchos años (o vidas) para curar.

Hay un interesante cuento sufí sobre la riqueza material y la siempre insatisfecha mente humana que la vale la pena leer.

“Un mendigo llegó al palacio de un emperador (…) El emperador nunca había visto antes a un hombre que tuviera tal aspecto de emperador; él no era nada comparado con el mendigo. Este hombre estaba rodeado de cierta gloria, de cierta gracia. Sus ropas eran casi andrajos, iba casi desnudo, pero el cuenco que llevaba era muy bonito. El emperador preguntó: «¿A qué viene esa condición de que solo los amos pueden darte algo?». Y el mendigo contestó: «A que los sirvientes también son mendigos y yo no quiero abusar de nadie. Sólo los amos pueden dar. ¿Cómo van a dar los sirvientes? Pero si puedes dar, da y yo lo aceptaré. Pero luego tengo otra condición: que mi cuenco debe quedar totalmente lleno». ¡Un cuenco tan pequeño! El emperador soltó una carcajada y dijo: «Debes de estar loco, ¿acaso crees que no voy a poder llenarla?». Y le ordenó a sus ministros que trajeran piedras preciosas, únicas, incomparables, y que llenarán la escudilla de este mendigo.

Pero pronto se hallaron en dificultades, ya que en cuanto empezaron a llenar el cuenco, las piedras caían en él y sin hacer ningún sonido, simplemente desaparecían.

El cuenco seguía estando siempre vacío.

Entonces el emperador se halló en un dilema. Su ego estaba en juego: ¡él, un gran emperador que gobernaba todas esas tierras, ni siquiera podía llenar un pequeño cuenco! Y ordenó: «¡Traedlo todo si hace falta, pero hay que llenar este cuenco!».
Trajeron todos sus tesoros…, durante días vaciaron todas sus arcas, pero el cuenco seguía vacío. Ya no quedaba nada. El propio emperador se había convertido en un mendigo, lo había perdido todo.

El emperador se postró a los pies del mendigo y le dijo: «Ahora yo también soy un mendigo y sólo te pido una cosa: ¡enséñame el secreto de tu cuento, parece mágica!». El mendigo dijo: «No hay ningún secreto. Está hecha de mente humana. No hay nada mágico en ella» (Extraído de Osho, “El libro de la nada”).

La búsqueda frenética de la fama y el dinero son dos piedras basales de lo que la filosofía védica llama el maha-maya, la gran ilusión cósmica. Es hora de que eso de ser rico y famoso pase de moda.

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